La vida exterior, oscura y ebria, me inculcaba una especie de deseo obstinado a entregarme a los placeres de una sórdida taberna.
Acariciaba su pelo revuelto y sudoroso, sus ojos penetrantes azotaban mis contrariedades y su dentadura hambrienta centelleaba en aquel cielo nublado y torvo.
De mis muslos saltaban chispas aisladas y torpes cargadas de una sobreexitación enfermiza e incomprensible, abarrotadas de un apetito al acecho que arañaba espaldas, despegaba labios y quemaba todos los fósforos.


 

16:10

Mi vida, que ya no se si es mía o la han absorbido las mil morales que se me agarran al cuello y avanzan, a trompicones, entre los murmullos de la razón y el patetismo de la sociedad.